sábado, 26 de septiembre de 2015

Vainas - Optimismo

Si ponen en una balanza mi optimismo de un lado y mi pesimismo del otro, el pesimismo inclina su lado hacia abajo. Es que motivos sobran: personas muriendo de hambre; asesinos de inocentes en nombre de la seguridad; asesinos en nombre de la igualdad; religiosos lucrándose con el miedo de las personas; personas desplazadas. Cómo no ser pesimista.

Pero esos asuntos tan macro hacen perder de vista acciones cotidianas de algunos Gigantes. Por ejemplo, quienes a pesar de la evidente inseguridad del país, se detienen a dar instrucciones claras sobre la ruta que debes tomar cuando les preguntas. O quienes piden firmemente al conductor del bus que pare, cuando alguien quiere bajar y que hace rato está timbrando. O quienes corren a parar una ruta que no les sirve, porque alguien más viene corriendo tras de ella y no va a alcanzarla. O todos aquellos que reciben y pasan el billete desde la puerta de atrás del bus, y luego regresan las vueltas completicas. O quienes en un día de lluvia prefieren usar la chaqueta para cubrir a su mascota. O quienes, amables y atentos, ayudan a alguien que sufrió un accidente en la ciclovía.

Son un montón de tonterías que no bastan para motivar el optimismo, podrán decir. Pero ahora que puedo ver esos detalles cotidianos, ahora que conozco a esos Gigantes, puedo decir que mi balanza empieza inclinarse hacia el otro lado. Ahora entiendo que esas acciones son muestras de que el cinismo se puede controlar. Y si bien uno intenta comportarse lo mejor posible para que las cosas cambien, se siente mejor hacerlo con algo más de optimismo en la balanza. La bio de la cuenta de tuiter de Martín Quintana (@fragmentario) dice algo muy bello: "El mundo es demasiado bueno como para ser cínico, y demasiado malo como para ser neutral".

En este punto, you may say I'm a dreamer.

But...



BUT I'M NOT THE ONLY ONE.

martes, 1 de septiembre de 2015

La Patria - Odios

En las noticias nos "informan" permanentemente sobre las tonterías (por decir lo menos) del dictadorcillo Nicolás Maduro, y uno casi se acostumbra a ese zumbido. Como la vez que habló con un pájaro, o cuando propuso la multiplicación de los penes. Pero hace unos días me enteré de algo que no es ninguna tontería: Maduro marcó con una "D" y luego destruyó las casas de algunas personas que viven en Venezuela. De colombianos que viven en Venezuela. En pleno siglo XXI existe un personaje que destruye casas porque casualmente los propietarios nacieron dentro de las coordenadas que delimitan un país. Y grita que ellos son los causantes de todos los males de la República Bolivariana. Mil cien colombianos los causantes del bajo precio del petroleo, la hiperinflación y el desabastecimiento. Mil cien colombianos en un país de treinta millones jodieron el socialismo del siglo XXI, ¡qué guapos! Para atreverse a responsabilizar a mil cien colombianos por todo lo que pasa en Venezuela hay que ser idiota o sinvergüenza. O las dos. Cuando me enteré lo único que pude sentir fue odio.

Luego pasaron la noticia de Uribe vociferando en la frontera y pensé que hay que ser muy canalla para ir a echar leña a un fuego que ya arde, sin pensar en (o sin que importen) las consecuencias. Pero claro, los riesgos son lo de menos: él quiere que lo reconozcan como el que lleva los pantalones, el de los cojones, el de los güevos más grandes, el macho entre machos. Me enteré de eso y también sentí odio.

Hoy, días después, leo cualquier cosa relacionada con el tema y a los dos los sigo odiando visceralmente. Es de ese tipo de odios que uno sabe que no debe sentir; de esos que uno lucha por controlar, porque amargan y conducen a fanatismos y estupideces. Pero es que ese par de personajes lo ponen muy difícil. Parece un buen momento para aprender a meditar. O para tomar una cerveza.

Y no es que quiera evadir el problema con meditación o cerveza; es que para pensar claramente, primero hay que controlar los odios.

lunes, 16 de marzo de 2015

Vainas - Confiar sin excusas

Ayer hace varios años (no sé cuántos) murió mi abuelo. Mi mamá y yo vivimos en la casa de mis abuelos desde que tuve como ocho años. Recuerdo un desayuno. Estábamos en el comedor mi abuelo, yo y no recuerdo quién más. Supongo que nos acompañaban algunos primos, mi abuelita, mi mamá y algunas tías, como era costumbre los domingos. En mi casa comer era un acontecimiento: la mesa impecablemente organizada y decorada bajo instrucciones de mi abuelita, comida suficiente y conversaciones cordiales pero sin carcajadas ni mucho alboroto, por exigencia de mi abuelo. El día del desayuno mi abuelo se percató de que me costaba mucho quitar la cáscara del huevo duro. Me dijo que para enfriarlo debía ponerlo en mi naríz. Lo hice. Mi abuelo, siempre tan puesto en su sitio cuando estaba en la mesa, rió. También reí. Su risa era tierna. Yo tendría por ahí unos 10 años. Hoy, con 28 años, nuevamente pondría el huevo en mi nariz.

martes, 24 de febrero de 2015

Vainas - Ceguera

Hacía calor. Un sofoco terrible que sólo le afectaba a él. Un poco de la ansiedad de siempre mezclada con rezagos de alcohol, exceso de café y cansancio. Todos tranquilos y él con las mejillas rojas y la frente húmeda. La garganta y los labios secos, las manos mojadas, las gotas de sudor en el pecho y todos preguntando trivialidades, uno tras otro, sin cesar. Lo franqueaban, lo rodeaban, lo cercaban. Sintió odio hacia todos ellos que habían escogido tan mal momento. Casi no respiraba y cada vez más sangre en la cabeza cegando las ideas. Hablaba a tumbos y podía notarlo. Algunos momentos lúcidos oscurecidos por la torpeza del resto de lo que decía. Cinco minutos insoportables de ceguera.